Mi tercer parto tuvo muchísimas cosas especiales.

Mis abuelos tenían dos casas, una en la ciudad y otra en un pueblo en otro estado a más de mil kilómetros. Como mi abuelo ya se había retirado, pasaba los inviernos (que en la ciudad eran muy fríos para sus huesos y enfermedades) en su linda casa de pueblo. La casa de la ciudad además tenía la ventaja de que estaba muy cerca de la casa de mis papás (a 3 minutos en coche) y de unos de mis tíos (a 5 minutos caminando).

Mi abuela nos ofreció su casa para ese invierno, así sería fácil mover a toda la familia (En ese entonces mi esposo y yo, y mis dos pequeños: de casi 3 años y 1 año 8 meses) y esperar a que naciera el bebé. Fue muy cómodo para nosotros porque teníamos nuestra propia casa, estábamos cerca de mis papás, y todo era de un piso, así que los niños podían correr y jugar sin peligrosas escaleras (nosotros vivíamos en un departamento). Lo único difícil era para mi esposo porque tenía que atravesar toda la ciudad diariamente para ir al trabajo, pero eso hubiera sido trabajoso de todas formas de habernos instalados como las veces anteriores en casa de mis papás.

Por fin llegó el día, un 4 de Enero en la madrugada expulsé el tapón mucoso. Pero a diferencia de los partos anteriores ahora si estaba segura de lo que iba a pasar y ya no quería que fuera como los anteriores, ese miedo, anestesia, horas de estancia en el hospital. Así que empecé a contar las contracciones y eran sumamente irregulares, respiré y aguanté. Me desperté, desayuné, mi esposo no fue a trabajar porque ya estábamos en trabajo de parto. Por la tarde resultó que de casualidad mis suegros hicieron un viaje a la ciudad (ellos viven en otro estado) y nos reunimos para comer como a las 4 de la tarde en un restaurante. Me dolían un poco más las contracciones, pero yo me fui a caminar. No quise comer y estuvimos platicando tranquilamente.

Llegamos a la casa a las 7 de la noche, mis papás se habían quedado con los niños en lo que nosotros fuimos a comer. Mi mamá empezó a insistir que ya era buena hora para ir al hospital. Me alisté y nos fuimos.

Cuando llegamos al hospital me preguntaron si traía contracciones, dije que sí, me pasaron a la sala e hicieron los chequeos de rutina. El médico de guardia me dijo: uy no señora, a usted le faltan horas para dar a luz, le recomiendo que se regrese a su casa. Mañana después del desayuno va a nacer.

Le explicamos al doctor que era nuestro tercer hijo y que ya llevábamos varias horas en trabajo de parto y que ya no queríamos irnos. Entonces me pasaron a cuarto del hospital e hicieron comentarios de que iba a ser una noche perdida del “paquete”.

Una vez en el cuarto me puse a caminar y caminar, el dolor era cada vez más fuerte e insoportable y más seguido. Pero el doctor dijo que nacería hasta el día siguiente así que tenía que aguantar lo más que pudiera y tratar de descansar para estar fuerte para la última parte del parto.

Le dije a mi esposo que me iba a acostar un rato y tratar de dormir. Me acosté de mi lado izquierdo y cerré los ojos. En ese momento se me rompió la fuente y solamente pude gritar: ¡¡Está naciendo!!! y cuando pasa eso no puedes dejar de pujar, porque es una necesidad del cuerpo que ya no controlas y dí un grito agudo y ¡¡mi hijo nació!! a mi esposo sólo le dio tiempo de correr al pasillo y gritar: ¡el bebé está naciendo, ayuda!!! y regresó a sostener la cabeza del recién nacido que ya había salido de mi cuerpo.

Un pediatra de guardia escuchó los gritos y corrió a ayudar a mi esposo cuando llegaron las enfermeras sólo se me quedaron viendo. Yo tenía una sonrisa de oreja a oreja, por fin lo había logrado, un parto completamente natural. Sin anestesia, sin médicos, sin enfermeras. Mi esposo y yo solos en el cuarto. Fue MARAVILLOSO.

 

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