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Esta semana que terminó ha sido una de las más pesadas que he tenido últimamente. Empezando porque mis hijos se enfermaron y cuando eso pasa las cosas se vuelven  muy complicadas. En este caso fueron las niñas y empezamos con vómitos y temperatura, mientras tanto Ferdinand iba caminando en el patio platicando conmigo y se cayó así de repente y no metió las manos y aterrizó de lleno con la nariz en el duro cemento, por supuesto que acabamos llevándolo a urgencias para que le checaran la nariz y por suerte no tuvo fractura pero si desprendimiento de cartílago, y el doctor recomendó unos días de reposo (vaya calamidad para un niño de 5 años).

El Lunes en la mañana llevamos entonces a Simón al colegio, con las niñas enfermas y Ferdinand en reposo el pobre no le quedó de otra que irse sólo. No había pasado ni una hora cuando me llamaron para decirme que si podía ir por él porque le estaba saliendo muchísima sangre de la nariz. Al pobre le pasa eso seguido, cuando se nos olvida ponerle las gotas para mantener hidratada la nariz, porque tiene las vasos sanguíneos muy expuestos. Le traté de explicar a la maestra pero no quiso oír, estaba tan espantada que me pidió que me lo llevara.

Al día siguiente fue también un caos, porque seguían enfermas y muy mal, y de nuevo Simón fue solo a la escuela. En eso recibí la llamada de que mi abuelito estaba muy mal. ¡Ay! – pensé -debería ir a verlo. Y traté de organizar mi día para dejar a mis hijos con mi suegra y verlo (vive en un pueblito a 35 minutos en carretera) pero se me hizo mal dejarlos a todos enfermos, chillones y sintiéndose mal. Hablé con mis papás y resulta que ellos también querían ir a verlo pero estaban en el hospital porque mi mamá llevaba ya dos semanas muy mal (padece trastorno bipolar) y estaba en consulta y también mi papá había tenido un chequeo esa mañana. Como ellos viven en otra ciudad también les era complicado.

Estuve dos horas pensando qué debía hacer y decidí quedarme. A las 7 de la noche recibo una llamada de una de mis hermanas:

-Hola, ¿cómo estás?

-Bien y ¿tu?

-Bien…oye, ya se murió mi abuelito…

-¿Qué?? ¡ay no!

-Si, me dijo mi papá que te avisara.

Lloré apenas colgué el teléfono y sentí horrible de no haber ido a despedirme de él. Corrí a abrazar a mi esposo y estuve llorando un buen rato.

Al día siguiente fuimos al velorio. Dejé a mis hijos con mi suegra y mi esposo me acompañó y fue un velorio feliz. Mi abuelito siempre fue muy alegre y cuando mi tío, que es sacerdote, nos pidió agradecer por la vida de mi abuelito, todos comentaron lo alegre que era, las bromas que hacía y lo bueno que era jugando tenis porque a todos los presentes les había ganado alguna vez.

Cuando salímos a comer a un lugar cerca de la casa de mis abuelitos, mi mamá reconoció a una mesera que atendía a mis abuelitos cada vez que iban ahí y le dijo que había fallecido. Mi sorpresa fue mucha cuando se soltó a llorar y dijo que ella se llevaba muy bien con él y lo quería mucho. ¡Ay mi abuelito!, siempre bromista y amable con todos, esa era su gran cualidad.

Me despido de él como lo hizo una de mis primas: “Hasta luego querido y adorado abuelito Jorgito” porque así nos pedía que le dijéramos cuando íbamos a visitarlo. ¡Te voy a extrañar mucho!