Faltaba una semana para que se celebrara la boda de la princesa Alina con el príncipe Adio de orígen egipcio.

Alina no sabía ni conocía absolutamente nada de su prometido, lo cuál la tenía molesta e inquieta.

No podía ser que en este mundo moderno lleno de tecnología, celulares, computadoras  y sobre todo internet, no hubiera podido encontrar ni una sola nota acerca de Adio. Lo que es peor, que se mantuviera esa tradición absurda en su reino, de que los padres podían casar a sus hijos con quién les viniera en gana. Ya estaba demasiado vieja esa tradición y además se sabía y veía todos los días de príncipes y princesas que se casaban con quién les viniera en gana e incluso con gente que no venía precisamente de una casa real y ¿por qué ella no?

Varías veces había insinuado a sus padres lo absurdo que le estaban pidiendo, y tal vez su madre se mostraba un poco más comprensiva, pero su padre ni hablar, solamente comenzaba a hacer su mueca de coraje y ya se sabía que no había que insistir en el tema o la cosa podría acabar mal. El Rey era de ideas fijas.

Ese día había mucho nerviosismo en el palacio porque llegaba a hospedarse el príncipe Adio y sus familiares más cercanos. Por supuesto ya desde entonces estaba prohibido todo contacto entre Adio y Alina hasta el día de la boda, cosa más absurda aún.

Pero Alina estaba a punto de cambiar eso. Ana Belén, la mucama de Alina, era además su gran amiga, y estaba dispuesta a ayudar en lo que pudiera. Juntas planearon cómo era la mejor manera de conocer a Adio cuanto antes.

Ese día durante la mañana Adio estaría sólo en su habitación así que Alina se encaminó hacia allá y contra todas las reglas de etiqueta, educación y prudencia tocó la puerta.

-Adelante, dijo una voz masculina. Alina respiró hondo y abrió.

La habitación designada al príncipe estaba con todo el equipaje abierto y regado por todas partes, pero él no daba importancia y ni siquiera miró a ver quién entraba en la puerta, parecía concentrado en algún pensamiento viendo por la ventana hacia el horizonte.

-Soy Alina, dijo la princesa.

Inmediatamente obtuvo toda la atención del príncipe, que la miró atónito.

-Quiero hablar contigo, le dijo francamente y sin rodeos. Pero aquí no, porque nos pueden ver. Ven conmigo.

Salieron de la habitación del joven y caminaron por los pasillos rápidamente hasta que llegaron a la habitación de Alina. Otra completa falta de decoro y etiqueta.

-Lo siento, se disculpó ella, pero no tengo otro lugar más seguro para que hablemos. Adio no le dió importancia.

Adio sonrió, realmente le intrigaba lo que iba a decirle la princesa, no había tenido tiempo ni de pensar en lo que estaba pasando.

-Perdón, Adio, pero aquí nadie parece comprender,  pensé que, tal vez,  hablando contigo podríamos ser más sensatos. La verdad es que no tengo intenciones de casarme contigo…porque me parece realmente absurdo.

Adio rió con una carcajada estruendosa. Alina no supo qué pensar.

-Me alegra que pienses como yo, yo también creo que es una idea completamente ridícula. Además no me acostumbro a la idea de tener que dejar a mis amigas. Y como si lo hubiera estado planeado, sacó de su camisa un sobre lleno de fotografías de sus amigas y se las fue enseñando.

Alina pensó que con más razón, debería deshacerse de ese compromiso.

Ya que estaban juntos, le contó un poco de su vida y ella un poco de la  suya. Estaban más abiertos a conocerse ahora que estaban de acuerdo que pasara lo que pasara ellos no se iban a casar.

Ella le propuso salir del palacio de incógnito, conocer la ciudad y platicar. Pasaron todo el día juntos, se deshicieron de los prejuicios y se conocieron sinceramente. Ahora que se habían puesto de acuerdo en lo que más les preocupaba ya no juzgaban al otro sino que sinceramente escuchaban quién era, cómo era, lo que quería y no quería.

Al final del día podría decirse que tenían el inicio de una amistad.

Después de todo la princesa Alina y el príncipe Adio se enamoraron, pero no precipitaron las cosas. Tuvieron una amistad y después un noviazgo muy serio. Finalmente decidieron casarse, (como había sido el deseo de sus padres) pero de forma totalmente distinta. Fue un camino más largo y comprometedor que un simple “amor a primera vista”. Tomaron el tiempo necesario para conocer al otro y para plantearse juntos las preguntas básicas de la vida ¿quién soy? ¿a dónde voy? y cómo pareja ¿quiénes somos? y ¿a dónde vamos?

Los padres de ambos cuando se dieron cuenta que no podían obligarlos a casarse primero desesperaron, pero con el tiempo comprendieron que las cosas no podían seguir siendo así y que los matrimonios no podían ser la respuesta para resolver acuerdos políticos o rivalidades entre ellos, sino una cuestión de amor.

El que ha experimentado ese compromiso, la lucha diaria, la superación de obstáculos, la fe, la admiración, la alegría, la lucha por ser mejor y por hacer mejor al otro; ese sabe lo que significa el amor.

 

 

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