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Hoy fuimos a la escuela más temprano de lo acostumbrado, porque es un día importante y especial para nosotros. Es un día en el que comienza verdaderamente un cambio profundo en estas tierras. Poco a poco sus habitantes comenzaron a trabajar por una nación. Aunque de eso todavía nos falta mucho.

En la escuela de mis hijos se hace una peregrinación a la Iglesia más cercana y ahí tenemos Misa.

Nos pidieron llevar a los niños vestidos de “inditos” y con una flor. Flor…bueno, no tenía flores hasta que me acordé que había unas noche buenas preciosas en el jardín. Perfecto, pensé.

El día anterior le pedí a mi suegra que me cuidara a los pequeños, era difícil que nos acompañaran a la peregrinación por los coches, la gente y sobre todo porque nos dieron una alerta de que cuidáramos mucho a nuestros niños ya que estaban desapareciendo afuera de las escuelas. Después de esas alertas no te dan ganas ni de llevarlos.

El caso es que se me olvidaron las flores…pero bueno. Caminamos por la calle, llegamos a la iglesia rezando el rosario y esperamos un buen rato a que llegara el Padre. Por fin empezó la Misa. Como era de esperarse los niños estaban ya cansados, pero hicieron el mayor esfuerzo por mantener la calma y la compostura.

Antes del sermón, el padre pidió que los niños disfrazados subieran cerca del altar. Mis hijos estaban felices, subieron con orgullo y se sentaron justo al lado del sacerdote.

Transcurrió el sermón con normalidad, estaban algo inquietos, pero cuando llegó la parte del Credo empezaron a hacer sus travesuras y a jalar el alba del sacerdote riendo. Luego tomaron unas flores y se dieron en la cabeza con ellas. Hay no, de esos días que no sabes ni dónde esconderte…

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