Cuando me casé por el civil, mi suegra me regaló un anillo de oro, zafiro y brillantes. Una joya de su colección familiar. Lo guardé con la idea de que más adelante lo haría un poco más pequeño para usarlo en el dedo anular. Pasó la boda religiosa, la luna de miel, hice la mudanza a mi nuevo hogar y no volví a encontrar el anillo. Lo busqué por todas partes desesperadamente, en las cajas, las cajitas, las bolsas, en mis objetos especiales, en los no tan especiales, en todos mis cajones, etcétera y nunca lo encontré.

Regresé a casa de mi mamá tiempo después recordando el anillo y pensamos que quizás ella lo había guardado en sus cosas, así que buscamos de nuevo en todo lo que nos ocurrió que podría estar. Fue pasando el tiempo pero no podía olvidar ni darlo por perdido. Recé muchas veces y pedí a Dios que me ayudara a encontrarlo, pues no solamente era un anillo muy bonito, sino que era realmente valioso, no por sus joyas sino por su significado.

Con pena muchas veces iba a casa de mi suegra, temblando, pensando que quizás preguntaría por aquel anillo que una vez me regaló tan generosamente.

Llegó la segunda mudanza y con la esperanza de encontrarlo una vez más empaqué cuidadosamente mis cosas, pero el anillo jamás apareció. Lo di por perdido, pero aún así muchas veces en mi mente lo soñaba e imaginaba y llegué a pensar que me lo habían robado. La única explicación que encontraba a tantas búsquedas sin fruto.

Hoy, un día como cualquier otro, fui a la bodega a arreglar las cajas de ropa de mis hijos y las cajas que tenemos ahí. Encontré una caja llena de utensilios de cocina que guardé por falta de espacio y ahí había una bolsa donde alguna vez cuando era chica guardé “mis tesoros”. Instintivamente tomé la bolsa, tenía casetes viejos, unos chochitos de árnica, secos ya por los años,  y ahí entre toda esa basura había una pequeña cajita negra. El corazón me dio un vuelco y cuál no fue mi sorpresa cuando mis sospechas se hicieron realidad, ¡¡ahí estaba el anillo perdido!! ¡¡ahí estaba!!

Dios responde siempre a nuestras oraciones, pero a veces no sabemos el momento ni el lugar. Hace ya casi siete años que me casé y nuestro amor ha sido como ese anillo escondido; que no importan los cambios, las tempestades, los retos y las dificultades, nuestro amor está ahí, limpio y claro, como el pequeño anillo que por fin encontré. Pasó por mudanzas, movimientos más allá de su entendimiento, pero sobrevivió y no sólo eso, sino que quedó intacto, con su brillo y joyas igual que la primera vez que lo vi. Encontrarlo después de tanto tiempo y verlo como si fuera ayer me recordó lo feliz que soy, porque miro al pasado y veo el presente y me doy cuenta que nuestro amor no sólo se ha mantenido sino que  ha crecido, se ha ensanchado y ha dado fruto llenando nuestros corazones de alegría y fe y eso sólo ha sido posible gracias al amor de Dios.

Este es mi milagro.

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