Cuando estaba en mi casa dándole su mamila a mi bebé me asomé a sus pequeños ojos. Estaba lleno de amor y alegría y me veía con mucha ternura. Pensé que esa mirada que tienen los niños y que alguna vez tuvimos nosotros (porque fuimos niños también) de alguna manera la vamos transformando con el tiempo. Pensé entonces en este mundo en el que vivimos, en este mundo que estamos construyendo para nuestros hijos y en el mundo que de alguna forma construyeron nuestros padres para nosotros. Gracias a Dios yo vengo de una familia hermosa, mis abuelos, que aun tengo la suerte de tenerlos,  mis padres. Me tocaron muchas cosas hermosas que vivir y disfrutar, pero sobre todo me tocó vivir en una familia llena de valores y principios, de religión, de fe, de amor. Una familia que construyó para mí un mundo así, con valores, lleno de amor a Dios y de alegrías. No porque no hubiera penas o dificultades, sino porque todo se veía bajo la mirada de Dios. A veces cuando vemos las noticias y nos enteramos de tantas cosas negativas y terribles que pasan a nuestro alrededor nos entra un poco el sentimiento de desesperanza. Pero no pensamos que eso es precisamente lo que quiere que creamos el enemigo. Esa desesperanza que no trae nada bueno obviamente no viene de Dios sino del enemigo, es lo que nos hace sentirnos perdidos, agobiados, solos. Cuando veo la mirada de mis hijos, esa mirada tierna y dulce, alejada de toda malicia, me pongo a pensar en la responsabilidad de educar a mis hijos, no solamente para que sepan de la vida, sino para que conserven la mirada hermosa que Dios les dio al nacer, esa mirada que es el reflejo del alma pura que todos deberíamos tener. Es lo que me hace preguntarme qué hago yo para mantener esa mirada pura y dulce que al nacer Dios me dio y que conforme voy creciendo tengo más posibilidades de ensuciarla y maltratarla. Eso pasa, porque conforme vamos creciendo, encontramos posibilidades infinitas de alejarnos de Dios. Si hacemos caso y nos dejamos llevar, pronto no sabremos distinguir entre el camino de Dios y todo lo demás y nuestra sensibilidad hacia la pureza y el amor a Dios desaparecerá poco a poco. No seremos entonces sino una pieza más de la maldad y de la injusticia del mundo, cooperadores del desaliento y del vacío espiritual. Muchas personas ya nacen en esta realidad de vida. En un país en guerra, en un lugar de extrema pobreza, en medio de las drogas, etcétera. Son realidades alejadas completamente de la gracia de Dios provocadas por personas que en algún momento se alejaron de Él y luego alejaron a sus hijos y los hijos a sus hijos y así. No es que Dios los abandone, pero tampoco puede ayudar cuando no hay nadie cercano que esté en gracia, que a través de él Dios pueda llevar su amor y su paz. Dios es todopoderoso pero es completamente respetuoso de la libertad humana. Los que tenemos el regalo de conocer a Jesús no podemos quedarnos callados ante nadie ni nada, debemos estar preparados para enfrentar este mundo. Pero antes de tener  sueños de grandeza primero tenemos que mirar dentro de nosotros mismos, dentro de nuestro corazón. La lucha empieza ahí mismo. Esa lucha de todos los días por ser mejores personas y por amar más a Dios. Esa lucha que está en nosotros mismos entre seguir el camino de Dios o dejarnos doblegar por nuestras pasiones, nuestra comodidad,  cobardía o incluso por una falsa prudencia. Mantener nuestra mirada limpia e inocente no debe limitarse  simplemente a no hacer nada y huir del mal, sino a combatirlo. Tenemos la responsabilidad de ser cooperadores del bien, con la palabra y con el ejemplo. Son necesarias las dos. La palabra sin el ejemplo no vale nada,  el ejemplo sin la palabra carece de explicación. Podríamos pensar que la explicación es obvia y por lo tanto no es necesaria pero muchas veces ante una mirada empañada puede ser difícil comprender un acto de amor, de sacrificio, de valor, de compromiso. La responsabilidad que tenemos de hacer de este mundo un lugar mejor no debe verse como una ilusión o algo demasiado grande o lejano para nosotros, algo que sólo pueden hacer los grandes hombres con mucho dinero, poder político, influencia, etcétera, es una responsabilidad y un compromiso primero con Dios y luego con nosotros mismos y con los que nos rodean. Eso significa que se empieza en pequeña escala para luego crecer y hacerse cada vez más grande. Los bebés nacen amando a Dios. En su corazón está una semilla que Él siembra. Ese amor es el reflejo de la mirada limpia, pura, dulce, que no teme. ¿Qué hacemos nosotros para conservar en nuestra mirada esa semilla de amor que Dios nos dio al nacer?